El ciego que veía

Bartimeo y Jesús (www.lumoproject.com)

Al leer la Biblia rápidamente es posible perderse muchos detalles que los autores dejaron escondidos entre líneas. Por más que no sean tan evidentes, esos detalles suelen hablar incluso más que lo escrito.

Una de esas historias llena de significado y matices es la del encuentro entre el ciego Bartimeo y Jesús, escrita en el libro de Marcos. A simple vista, es un relato más de los tantos milagros que Jesús hizo mientras caminaba por los pueblos y ciudades de Israel. Sin embargo, al mirar de cerca descubrimos mucho más.

En el evangelio de Marcos encontramos la historia completa:

Después llegaron a Jericó y mientras Jesús y sus discípulos salían de la ciudad, una gran multitud los siguió. Un mendigo ciego llamado Bartimeo (hijo de Timeo) estaba sentado junto al camino.
Cuando Bartimeo oyó que Jesús de Nazaret estaba cerca, comenzó a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!».
«¡Cállate!», muchos le gritaban, pero él gritó aún más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!».
Cuando Jesús lo oyó, se detuvo y dijo: «Díganle que se acerque».
Así que llamaron al ciego. «Anímate —le dijeron—. ¡Vamos, él te llama!».
Bartimeo echó a un lado su abrigo, se levantó de un salto y se acercó a Jesús.
—¿Qué quieres que haga por ti? —preguntó Jesús.
—Mi Rabí —dijo el hombre ciego—, ¡quiero ver!
Y Jesús le dijo:
—Puedes irte, pues tu fe te ha sanado.
Al instante el hombre pudo ver y siguió a Jesús por el camino. 1

¿Cuántos de los que presenciaron la escena entendieron lo que estaban viendo?

Ante sus ojos un maestro judío conversaba con un mendigo ciego. Pero para quienes veían más allá de las apariencias, la situación era más profunda:

En ese lugar estaban Dios y un hombre, frente a frente.

Semejante encuentro con él es todo un privilegio. Un Dios que había viajado a través del universo para caminar por esas tierras, el mismo que había creado la luz y le había dado vista a los seres humanos (una ironía que evidentemente no se le escapa al escritor del libro) estaba ahora delante de este hombre ciego.  Un Dios que le pregunta ¿qué quieres que haga por ti?

No es que él estuviera jugando con Bartimeo. Había más que un milagro de sanidad a su disposición: Bartimeo estaba recibiendo una invitación a entrar a otra realidad, a un mundo de ojos abiertos y de un Dios que te pregunta qué es lo que querés porque no te ve como una víctima de la vida, sino como una persona con el poder de tomar una decisión transformadora.

Cuando uno tiene una audiencia con un Rey (aunque la audiencia sea en medio de una calle transitada y el Rey esté con los pies llenos de polvo y la frente bañada en sudor) no necesita ser un genio para adivinar que lo que sucede a continuación puede cambiar el curso de su propia historia.

Pero hay todavía más matices en esta historia.

El ciego Bartimeo era el único que había visto a Jesús tal cual él era en realidad (¿ya mencionamos que el escritor era amigo de las ironías?)

Toda la multitud de seguidores, admiradores y amigos de Jesús simplemente seguían a un maestro, a un hacedor de milagros, a un predicador popular en su viaje por la región.  Pero el ciego, en lo más profundo de su ser, había visto a Jesús antes de conocerlo.

En las historias de los viajeros, en los rumores de los habitantes de Jericó, en los reportes de milagros y maravillas hechas por Jesús que llegaron a oídos de este mendigo sentado en el rincón de siempre, Bartimeo conoció la verdad que todavía pocos habían conocido. En ese instante, al estar frente a Jesús y aun siendo ciego, él estaba viendo con sus ojos interiores y sabía que estaba cara a cara con Dios.

Por eso, antes de presentarse ante él Bartimeo tiró su abrigo. Ese mismo abrigo que era mitad uniforme de mendigo, mitad protección en un mundo hostil y sin compasión. Ese abrigo que le daba identidad quedó tirado para siempre a la salida de Jericó, como un pasaporte viejo olvidado en un cajón oscuro.

Bartimeo sabía que delante del Rey uno no puede presentarse con una lista de logros para impresionarlo, ni mucho menos ganarse su favor dando lástima.

Delante del Rey uno se presenta sin nada, tal cual uno es. Y Bartimeo renunció a su identidad, a su uniforme, a su patética seguridad, para arriesgarlo todo en este encuentro con el Rey. Si él no lo sanaba, ¿cómo iba a encontrar Bartimeo su abrigo de nuevo con tantas personas amontonadas en el lugar?

Por lo general, las personas ciegas no actúan con tanta confianza en situaciones desconocidas. Pero aquí había mucho en juego. Cuando se levantó de un salto y tiró su abrigo, Bartimeo renunció a todas las chances y todas las otras opciones y eligió apostar todo en Jesús.

Hay una canción vieja de Rescate sobre esta misma historia y dice de Bartimeo que “todo el cielo entró en su vida”. Cuando sus ojos se abrieron y lo primero que vieron fue el rostro de Jesús, este hombre supo que había más que un milagro a su disposición ese día.  Había caminos por recorrer junto a él, verdades por descubrir, señales y maravillas por contemplar con ojos nuevos, dificultades por soportar,  muchos peligros y muchos victorias, tantas vidas por transformar. Bartimeo abrió sus ojos y vio al Reino de los Cielos mirándolo fijo.

Este hombre que ya no era más ciego no dejó pasar la invitación, sino que le devolvió la mirada al Reino de los Cielos y le dijo que sí.

Ah, casi me olvidaba. Esa invitación fue un tanto particular.

Después de sanarlo, Jesús le dijo “puedes irte”.

¡El atrevimiento de Jesús es único!

Casi como una palmada amigable en el hombro, casi como un “listo, recibiste tu milagro, ahora podés volver a tu vida y yo sigo con la mía”. Sin siquiera decir adiós, Jesús finalizó ese breve encuentro y le dijo a Bartimeo que se retirara.

Los primeros en oír este relato escrito por Marcos no ignoraban las conexiones que el autor hizo entre Jesús y Josué, el líder que hacía más de mil años había guiado a los de Israel para que dejaran el desierto y entraran a la Tierra Prometida. Por un lado, Jesús es la versión griega del nombre Josué. Por otro, Jericó era la ciudad de entrada a la Tierra Prometida.

Detrás, lo viejo. Delante, lo nuevo.

Y ahora, Bartimeo había conocido al nuevo Josué que era capaz de sacar a las personas del desierto de la vida vieja y meterlas a la nueva Tierra Prometida, llena de aventuras y desafíos. Pero este nuevo Josué le acababa de decir que se volviera a su vida de siempre.

Bartimeo lleno de alegría y nuevas perspectivas decidió desobedecer a Jesús y lo siguió sin mirar atrás.

 

  1. Marcos 1:46-52 (Nueva Traducción Viviente)

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