Jesús y su mala manía de disfrazarse

Jesús Hipster

Después de tantos años de conocer a Jesús, todavía estoy intentando acostumbrarme a la idea de un amigo invisible. Hay que darle algo de crédito a los ateos, creer en alguien que no se ve requiere ser bastante confiado.

A veces mi fe está funcionando plenamente, como un celular recién cargado. Creer que Jesús está cerca, que es posible escuchar su voz (cualquiera sea la manera en que hable) y seguirlo por donde me lleve es fácil. Pero hay otras veces en que mi fe está completamente agotada, o quizás mi estado de ánimo la opaca y Jesús parece estar tan lejos que ni vale la pena llamarlo.

¿Te pasó alguna vez? Claro que sí, es parte de nuestra vida como seres humanos. Y no importa lo que digan las predicaciones inspiradoras, a veces intentar tener un poco más de fe es una misión inútil.

¿Será que Jesús se aleja a propósito? ¿Será que hay momentos en que caminamos solos? ¿Será verdad que él tiene un plan o nos toca decidir por nuestra cuenta? O quizás podría ser que no todo es éxito en el proceso de vivir con él. Todos esos planteos suelen aparecer en mi mente cuando el ruido del silencio es más fuerte que cualquier palabra de Jesús.

Hace tiempo comencé a darme cuenta que, lejos de ser una característica de cristianos inmaduros, todas estas experiencias son normales en quienes quieren vivir una vida con Dios. No se trata solo de fe o de esfuerzo, se trata de enfoque. Y todos perdemos el enfoque cada tanto.

También se trata de la molesta costumbre que tiene Jesús de aparecerse en nuestras vidas de formas inesperadas. En eso no estamos solos: el problema de Israel no fue que no querían recibir a Jesús sino que lo esperaban, pero de otra manera. Jesús siempre fue experto en no cumplir nuestras expectativas.

Hay tres relatos en la Biblia que nos muestran a Jesús en escena, aunque quienes interactuaban con él no tenían ni idea que era él. Suena irónico, ¿no? Estar frente al Rey del Universo y no darse cuenta quién es él. Hasta parece imposible pero, a riesgo de ser repetitivo, es simplemente una cuestión de enfoque y de expectativas.

Si esperamos que él siempre aparezca en los mismos lugares, actúe de la misma forma y nos hable de la misma manera corremos el riesgo de no reconocerlo cuando haga algo diferente. Y a Jesús siempre le gusta hacer cosas de maneras diferentes, no porque sea malo sino porque es… bueno, el Rey del Universo. Con un título así tiene permiso para actuar como mejor le plazca.

Estos tres relatos reflejan situaciones a la que nosotros también nos exponemos si queremos seguirlo a él, un Dios dinámico, impredecible, aventurero y lleno de energía. Tenemos que estar listos para ser sorprendidos o, sino, para ser decepcionados. Encasillar a Jesús en nuestras pequeña caja de expectativas es una de las cosas más tontas que podemos hacer. Y sí, fui culpable de eso muchas veces.

De algo podemos estar completamente seguros: Jesús nunca nos deja solos. En los buenos momentos y en los malos momentos él está cerca. Además, si decidimos vivir bajo su gobierno no hay manera en que tengamos que enfrentarnos a la vida solos. Ese es el error de algunas malas enseñanzas que nos prometen una vida llena de logros, fama y comodidades. Jesús no promete eso pero si nos promete su compañía constante y paz aun en medio de las peores tormentas.

Las personas en estos relatos perdieron el enfoque porque estaban distraídos con otras cosas. Cuando lo que sucede alrededor nos supera, podemos perder de vista a Jesús.

Es lo mismo que sucede en las imágenes de “¿Dónde está Wally?” Hay tanto alrededor de nosotros que Jesús pareciera estar escondido entre cientos de personas, sucesos, detalles e información. ¿Está Jesús escondido? No, nosotros estamos concentrados en cosas menos importantes y no lo vemos.

Ocupados con los problemas

La primera vez que descubrí en la Biblia a Jesús en una escena sin ser reconocido por otros fue en el relato del camino a Emaús.

Dos discípulos se dirigían a este pequeño pueblo después de la muerte de Jesús. Cuenta la Biblia:

Ese mismo día, dos de los seguidores de Jesús iban a Emaús, un pueblo a once kilómetros de Jerusalén. Mientras conversaban de todo lo que había pasado, Jesús se les acercó y empezó a caminar con ellos, Jesús les preguntó: —¿De qué están hablando por el camino? Los dos discípulos se detuvieron; sus caras se veían tristes, y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo a Jesús: —¿Eres tú el único en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado en estos días? Jesús preguntó: —¿Qué ha pasado? Ellos le respondieron: —¡Lo que le han hecho a Jesús, el profeta de Nazaret! Para Dios y para la gente, Jesús hablaba y actuaba con mucho poder. Pero los sacerdotes principales y nuestros líderes lograron que los romanos lo mataran, clavándolo en una cruz. Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Pero ya hace tres días que murió. Esta mañana, algunas de las mujeres de nuestro grupo nos dieron un gran susto. Ellas fueron muy temprano a la tumba, y nos dijeron que no encontraron el cuerpo de Jesús. También nos contaron que unos ángeles se les aparecieron, y les dijeron que Jesús está vivo. Algunos hombres del grupo fueron a la tumba y encontraron todo tal como las mujeres habían dicho. Pero ellos tampoco vieron a Jesús. Jesús les dijo: —¿Tan tontos son ustedes, que no pueden entender? ¿Por qué son tan lentos para creer todo lo que enseñaron los profetas? ¿No sabían ustedes que el Mesías tenía que sufrir antes de subir al cielo para reinar? Luego Jesús les explicó todo lo que la Biblia decía acerca de él. Empezó con los libros de la ley de Moisés, y siguió con los libros de los profetas. Cuando se acercaron al pueblo de Emaús, Jesús se despidió de ellos. Pero los dos discípulos insistieron: —¡Quédate con nosotros! Ya es muy tarde, y pronto el camino estará oscuro. Jesús se fue a la casa con ellos. Cuando se sentaron a comer, Jesús tomó el pan, dio gracias a Dios, lo partió y se lo dio a ellos. Entonces los dos discípulos pudieron reconocerlo, pero Jesús desapareció. Los dos se dijeron: «¿No es verdad que, cuando él nos hablaba en el camino y nos explicaba la Biblia, sentíamos como que un fuego ardía en nuestros corazones?» 1

¡Qué locura! Estos hombres estaban tan tristes por lo que le había pasado a Jesús que eran incapaces de reconocer a Jesús mientras le explicaban al mismo Jesús lo que había sucedido. Lo más probable es que, tan tristes por la muerte del Jesús que ellos conocían, no eran capaces de ver al Jesús de ahora.

Es fácil olvidar todo lo que ya sabíamos en los momentos de dudas y dificultades. Una cosa es la teoría y otra la capacidad de aplicar esa teoría a la realidad que estamos atravesando.

Ocupados peleando con él

Pero no solo Jesús puede pasar inadvertido porque estamos demasiado enfocados en los problemas, también puede ser que no lo reconozcamos porque estamos ocupados tratando de golpearlo.

Como Jacob:

Esa misma noche Jacob se levantó, tomó todas sus posesiones, y junto con su familia cruzó el arroyo Jaboc. Y luego él solo regresó al otro lado y allí luchó con un desconocido hasta que el sol salió. Cuando el desconocido se dio cuenta de que no podía vencer a Jacob, lo golpeó en la cadera, y se la zafó. Entonces el desconocido le dijo: —¡Suéltame! ¡Ya salió el sol! Pero Jacob le respondió: —No te suelto si no me bendices . El desconocido le preguntó: —¿Cómo te llamas? Cuando Jacob le dio su nombre, el desconocido dijo: —Ya no te vas a llamar Jacob. Ahora vas a llamarte Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido. Entonces Jacob le dijo: —Ahora te toca decirme cómo te llamas. Pero el desconocido respondió: —¡Pues ya debieras saberlo! Luego bendijo a Jacob, y por eso Jacob llamó a ese lugar Penuel, pues dijo: «¡He visto a Dios cara a cara, y todavía sigo con vida!» 2

No muchos pueden decir que han estado en una pelea mano a mano con Jesús, así que ese mérito se lo dejamos a Jacob. ¿Cuándo se dio cuenta Jacob quién era su contrincante? Cuando se fue. En ese momento una lámpara se prendió en su cabeza y supo que había estado peleando con alguien que no era un simple ser humano o un ángel más: él había estado con Dios hecho hombre.

Ojalá fuera la única historia de la Biblia donde alguien estaba intentando destruir al Dios que estaba buscando, pero es lo mismo que hizo Pablo, al punto en que Jesús tuvo que detenerlo y decirle “Me estás persiguiendo a mí.

A veces queremos escuchar la voz de Dios, queremos seguirlo, queremos sus bendiciones, pero estamos ocupados tratando de detenerlo y de parar lo que él está haciendo. Creo que hay momentos en que debemos detenernos y analizar cuidadosamente aquellas cosas que nos molestan, que estamos criticando o que queremos detener. Podemos estar luchando contra algo más grande que nosotros mismos.

Ocupados con nuestros propios planes

Y por último, todos alguna vez cometimos el error de perdernos de vista lo que Jesús quería decirnos porque estábamos muy concentrados en nuestros propios planes.

Como Josué, mientras estaba afuera de la ciudad que quería conquistar:

Cuando Josué estaba cerca de la ciudad de Jericó, miró hacia arriba y vio a un hombre parado frente a él con una espada en la mano. Josué se le acercó y le preguntó: —¿Eres amigo o enemigo? —Ninguno de los dos —contestó—. Soy el comandante del ejército del Señor . Entonces Josué cayó rostro en tierra ante él con reverencia. —Estoy a tus órdenes —dijo Josué—. ¿Qué quieres que haga tu siervo? El comandante del ejército del Señor contestó: —Quítate las sandalias, porque el lugar donde estás parado es santo. Y Josué hizo lo que se le indicó.

Ahora bien, las puertas de Jericó estaban bien cerradas, porque la gente tenía miedo de los israelitas. A nadie se le permitía entrar ni salir. Pero el Señor le dijo a Josué: «Te he entregado Jericó, a su rey y a todos sus guerreros fuertes.» 3

Demasiado preocupado por encontrar una manera de tener éxito, Josué no reconoció a quien podía ayudarlo a ganar la batalla. Él tenía a Jesús al frente y en vez de reconocerlo como su jefe, le preguntó si era uno de sus soldados o si era un enemigo.

Pero Jesús no es ninguno de los dos: ni es nuestro empleado ni trabaja contra nosotros. Él tiene sus propios planes y proyectos y, si escuchamos lo que él nos dice, podemos tener el privilegio de ser parte de ellos.

Son las expectativas que tenemos de Jesús las que pueden hacer que lo perdamos de vista aun si está a pocos centímetros de nosotros. Pero cuando él nos abre los ojos (como a sus discípulos, a Jacob y a Josué), de repente todo tiene sentido y podemos darnos cuenta qué es lo que él está haciendo y diciendo. Jesús está más cerca de lo que nos damos cuenta. Solo estaba disfrazado.

Como él mismo le solía decir a quienes lo escuchaban: “Si alguno tiene oídos para oír, que oiga.

¡Prestá atención!

  1.  Lucas 24:13‭-‬15‭, ‬17‭-‬32 (Traducción en Lenguaje Actual)
  2.  Génesis 32:22‭-‬30 (Traducción en Lenguaje Actual)
  3.  Josué 5:13‭-‬15, 6:1-2 (Nueva Traducción Viviente)

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